“Blade Runner 2049”: la lentitud de la angustia

Hoy se estrena la secuela de una de las películas de ciencia ficción más célebres de la historia: "Blade Runner" (1982).

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Cortesía

Hoy llega a los cines Blade Runner 2049 de Denis Villeneuve, con Ryan Gosling en el papel principal. Ha creado expectativas por ser la secuela de una obra maestra de la ciencia ficción: Blade Runner. Se espera ver la manera como el cineasta canadiense, nominado al Óscar por La llegada (2016), respondió al reto de Ridley Scott, director de la primera.

Desde el comienzo queda claro que se trata de algo diferente. La película se inicia con una ambientación, luz y colores que contrastan con la noche lluviosa sin fin de 2019, en la babélica Los Ángeles del filme de 1982. En lugar de circunscribirse a la ciudad, hay en la secuela un recorrido por diversos lugares o “mundos”, lo que permite el lucimiento del diseño de producción y en especial de la fotografía de Roger Deakins.

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Pero el motor de la historia es el mismo: la misión de un blade runner, detective especializado en “retirar” replicantes, androides que dejan de cumplir su función para la cual fueron creados por las corporaciones y se convierten en un problema.

Las luces y sombras que subrayaban la ambigüedad moral en el cine negro fueron rescatadas por Scott como correlato de la dificultad de diferenciar a las personas de los androides más avanzados. Contribuía así a plantear el problema filosófico de fondo: ¿qué es lo que hace humano a un ser humano?

Villeneuve utiliza con el mismo fin otros recursos, como las ventanas y paredes de vidrio, que crean una ambigua sensación de separación, así como el color y el silueteado de las figuras por el contraluz.

La más importante diferencia se percibe si se recuerda la escena de Blade Runner en la que la replicante Zhora va rompiendo vitrinas en su caída, mientras recibe disparos de Deckard. Resume cómo la tradición de Hollywood, en el ocaso de una era de esplendor, le daba a la película de 1982 una fuerza que le permitía abrirse paso, con contundente sencillez narrativa, por entre todas las cuestiones filosóficas.

La secuela no parece tener ese poder. Peter Debruge celebró en Variety su angustiosa lentitud, que relaciona con Andrei Tarkovsky. Pero eso puede plantear un buen debate.

Pablo Gamba

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