El Fascismo De Los Buenos por Henry Nadales

“Por egoísmo, por uno mismo, el ser humano es capaz de hacer muchas cosas malas. Por los demás, es capaz de hacerlas todas” - Federico Jiménez Losantos

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El izquierdismo no es más que una religión caníbal, cuyos sacerdotes, por “amor al mundo”, son los evangelistas del odio. Cien millones de víctimas después, el comunismo —padre de toda la izquierda, hermano del fascismo— es justamente el mayor genocida “amoroso” que haya existido. Pero un genocida atípico, quizá el menos pensado: un asesino intelectualmente respetado y hasta promovido por una masa de expertos en organizar a los resentidos.

Ese resentimiento tan necesario para promover la agenda izquierdista, se vende a sí mismo como una causa justa, como la cura universal a todos los males. Y los revolucionarios de Twitter asisten gustosos con su moralina cansona y carente de sentido, pidiendo un mundo que no es este, destruyendo en el proceso el único que ha existido. Esos muchachitos mimados pretenden tener en sus manos y a un clic de distancia —a un simple hashtag— la solución para todo. Son la generación más comprometida con su fe caníbal: si algo es desigual, ellos lo harán igualitario; si existe la discriminación, ellos voltearán el juego y discriminarán aún más; si algo les incomoda, más vale que haga silencio antes de que pidan su cabeza en las hordas ocultas detrás de una arroba.

El fascismo de los buenos no tiene cara, pero son ellos los que te van a mandar a la hoguera en nombre de la inquisición social. Son los que no quieren un mundo plural, en nombre de la falsa diversidad. Pues la diversidad no es para ellos personas igualmente valiosas con opiniones diferentes; son personas en apariencia diferentes, pero con opiniones iguales… Así, el debate se resume en lo obvio: mientras más se llore, más valen los argumentos, aunque no tengan ningún maldito sentido; aunque sea una discusión para elegir entre lo mismo y más de lo mismo. Aunque sólo vendan el método de la horca o del puñal en el pecho como cura para el dolor.

Tú no tienes nada que ver con esos arrogantes, con los promotores del victimismo, porque eres un ciudadano más; el empleado de la ferretería, el campesino laborioso, la secretaria de una oficina contable. Ellos en cambio son los expertos en post-modernismo, en perspectivas de género y estudios racializados. Negocian entre sí sobre la vida de los otros. Se levantan al mediodía y se dirigen como rayos a atacar al próximo que diga que le gusta ver a una mujer con vestidos o a la jovencita que sueña con poderse casar. Y dicen palabras como falocentrismo, heteropatriarcado, equidad de género, justicia social; y hablan de leyes nuevas para evitar la discriminación, —discriminándote—, de acuerdos internacionales con enormes cantidades de fondos públicos para el próximo chanchullo ideológico, de más trabas y más impuestos para el próximo Ministerio bueno para nada. Mientras la madre que busca empleo no lo consigue, discuten entre sí sobre la tiranía más enferma, aquella que “resuelve todo”, como quien fantasea con la cura del cáncer.

Esos que tienen la solución para todo, son el problema… Porque con sus ideas suicidas ofrecen al mundo el camino hacia la propia condena, circulan a cientos de kilómetros por hora sobre la autopista del destino, para estrellarnos en la pared de la esclavitud. Y lo peor es que no te queda la oportunidad de denunciarlos o exigir respeto, una reparación de los daños, porque son expertos en huir de sus errores. Tan expertos que nunca son suyos, sino una trampa más del falocentrismo, del heteropatriarcado o del neoliberalismo salvaje. La culpa es de los otros, pero nunca es suya. Nunca pierden cuando pierden, siempre ganan cuando no lo hacen.

No dan soluciones, sino generan desastres. Y los políticos títeres se bajan los pantalones ante esos malcriados, y azotan el culo del que tiene que pagar el incendio provocado por los otros: el trabajador que emprende, el patrón que hace malabarismo con impuestos exagerados y cuotas-grillete. Y todo esto es super cool y justice power… Y aunque esas ideas no alivien el hambre ni calmen el sueño, todo es euforia y aplausos en el social media; retweets masivos y entrevistas en televisión.

Mientras que las palmaditas en la espalda son para los vagos, los latigazos son para el que se emprende. La censura, el mordisco fiscal, los grilletes financieros, el peso del odio imaginario, recae justamente sobre los hombros del que no tiene chance de quejarse, sobre aquel al que le borran hasta la voz. Porque el derroche tenemos que pagarlo todos, menos el experto con experiencia en nada.

El bache lo rellena con sus huesos cansados el señor Gustavo, el padre de familia al que le prohibieron trabajar cinco meses y tiene a sus hijos en el extranjero; o la señora María, cuyo esposo lo mataron porque el barrio es un infierno, aunque el progre en la tele hable del paraíso revolucionario; y todos los Gustavos y Marías —infelices Gustavos y Marías— que, a lo largo y ancho de este perro mundo gobernado por idiotas, se levantan a las cinco de la mañana, despertando al sol cuando ya hace rato se limpiaron las lagañas.

El fascismo de los buenos no lo pagan nunca los malos. La tiranía de las causas justas, justamente no tiene causa alguna. El País de las Maravillas no lo vive ni Alicia ni el conejo, sino la Reina Roja que corta cabezas al próximo que grite: “¡Les pido por favor, déjenme ganarme el pan!”

Henry Nadales | @henrynadales


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