Ni contigo, Ni sin ti

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La polarización a la cual nos ha sometido la realidad política de las últimas dos décadas y en especial los últimos cinco años, nos han llevado a extremos tan divergentes que por donde se mire parece improbable encontrar puntos comunes que permitan acercar las posturas antagónicas y por fin darle cabida a lo que algunos optimistas llaman el diálogo y consenso nacional.

Lamentablemente, el tema del diálogo, que a mi parecer es la única vía transitable para un ejercicio democrático sincero, está minado por las posturas extremas de los representantes de las posturas políticas que tienen al país partido en dos; cada facción se auto-adjudica la mayoría del apoyo popular, la razón política y peor aún la verdad verdadera en contraposición a cualquier iniciativa del bando contrario.

En la escuela aprendimos que todos los elementos de la comunicación son importantes y cumplen un rol esencial en dicho proceso; emisor, receptor, código, mensaje y canal son fundamentales para una dinámica dialógica efectiva; en tal sentido es importante hacer el ejercicio de analizar las causas que han limitado nuestra capacidad de resolver desde el diálogo nuestros disensos; Particularmente encuentro en el mensaje una falla estructural en nuestra comunicación, no es un descubrimiento para nadie, que la forma de hacer política en la actualidad se ha limitado a la pugna por quién tiene más capacidad para insultar y descalificar al otro, que ya no es simplemente el otro diferente de mí, sino que ha pasado a formar parte del léxico común como el enemigo, el parásito, el apátrida, el contrarrevolucionario, el corrupto, el enchufado, el malandro o  el opresor, según el cristal desde el cual se mire.

La dialéctica ha perdido su espacio en el campo de las convicciones, ideologías y argumentos para entrar en el terreno carroñero de la bajeza, el improperio y el sostenimiento a ultranza de una idea u otra simplemente para no darle la razón al otro, así corresponda mentir y defender lo indefendible ante quién sea y bajo cualquier interpretación acomodaticia de la ley; De esa manera ese código sistemático de violencia verbal y cada vez con más frecuencia de violencia física, ha ido ganando espacio en las formas de comunicar las ideas del ciudadano común, basta con revisar las publicaciones en redes sociales y encontraremos un altísimo porcentaje de mensajes de odio y execración, de deseos de muerte y violencia, en fin de los más bajos sentimientos que a fin de cuentas son el reflejo de las frustraciones que causa un día a día lleno de menos esperanzas de salir de esta crisis atroz.

Y no es de extrañar esa actitud en la cotidianidad del venezolano, pues lo que si sobra en este problema son canales a través de los cuales llevar este mensaje violento y para nada constructivo de quienes deberían representarnos dignamente desde cada una de sus posiciones de gobierno y de  oposición; los medios tradicionales y las redes sociales se regocijan al mostrar de primera mano el grosero espectáculo de la politiquería barata que opaca las pocas voces sensatas que aún esperan un diálogo productivo en el país, es mucho más lucrativo y da más rating la farándula, el chisme y la reproducción mediática de las idioteces de nuestros “líderes” políticos, al final estamos todos los días presenciando esta mala parodia que en vez de risa nos vuelve tristes espectadores, como dijo el escritor francés Gustave Flaubert “Tened cuidado con la tristeza, es un vicio”

Finalmente llegamos al análisis de los emisores de estos mensajes, quienes sin lugar a dudas son los principales responsables de esta situación de desorden institucional que cada día nos merma un poco más las esperanzas de salir de la crisis; solamente ellos tienen en sus manos o mejor dicho en sus palabras hechas acción, la posibilidad de bajarle dos a esta forma insólita de comunicarnos y acercar las posturas para un verdadero acercamiento entre los  venezolanos; de no ser así será muy difícil apalancar el desarrollo colectivo del país, ahogándonos en el círculo vicioso de diálogo entre sordos y un eterno sentimiento de no poder vivir ni contigo, ni sin ti.

Richard Rico
[email protected]

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